1.9.11

El autobús

Tramposillo cuento del taller de relatos
sobre un autobús sin la letra a

Soy un trolebús o, si lo preferís, un ómnibus eléctrico. Me pedís que os cuente cómo vivo y si estoy contento grosso modo, y os responderé con gusto: puedo decir que sí, que lo llevo muy bien e incluso me considero muy feliz. Si bien empiezo el curro (como dice Número Seis, que es un poco chulo) muy pronto —y eso, no lo niego, puede ser un inconveniente—, lo cierto es que me siento suficientemente retribuido por mis servicios. Recibo pequeños premios de todo tipo que reconocen con creces mi duro esfuerzo. Por ejemplo, me despierto en un enorme y precioso cobertizo en el que duermo con otros coches. De noche converso con ellos y me río mucho: Número Uno, Número Dos, Número Tres... Son todos ellos excelentes trolebuses; no último modelo en lo tecnológico, confesémoslo, pero sí muy buenos, divertidos y sensibles, y con ellos me compenetro en todo. Con el tiempo, hemos instituido estrechos vínculos que convierten ese tedioso devenir nuestro en un rollo supermolón... Ops, mil perdones: de nuevo el reconocible estilo lingüístico de Número Seis, que es único entre nosotros porque recorre los suburbios, e insiste en que los finolis debemos instruirnos en lo grosero, y en ese empeño suyo nos ofrece deleites tosquísimos y burdísimos que nos embrutecen de lo lindo. Pero sigo con lo mío: otro ejemplo de sobreprecio que recibo con sumo gusto son los obreros que, por un sueldo sospecho que modesto, reponen en nuestro interior un mínimo de higiene, lo que en mi profesión constituye todo un lujo. (Por poco digo inmerecido, pero convendréis conmigo en que todo lujo es, desde luego, bien merecido). Estos eficientes obreros concluyen pronto su cometido, y yo me quedo por fin limpio y como nuevo. Es un gozo que, visto desde el exterior, uno no se puede ni creer si no lo siente en su piel: eso de que te froten con un cepillo bien duro, que te restrieguen los ronchos mugrientos y te quiten los chicles del suelo, que te dejen reluciente y con ese perfume de detergente..., ¡mmmmh!, no tiene precio. Y después de todo esto, sí, en efecto,  reconozco que luego todo es estrés. Cruzo el portón y en pocos segundos estoy corriendo veloz por mi urbe y rozo lo neurótico, pues intento, sobre todo, cumplir con el recorrido previsto.

Veo que ponéis gesto como de decepción, como si eso de repetir persistentemente el mismo recorrido fuese tedioso; pero tengo que desdecir vuestro enfoque. Mi devenir es un hormiguero, un hervidero, un completo torrente en el que me codeo con un sinfín de seres sorprendentes. Primero, los conductores. No os lo he dicho, pero los tipos que me conducen son muy diferentes entre sí y proceden en su oficio por turnos. Por eso no coincido siempre con los mismos. De hecho, no tienen en común ni sus intereses, ni su temple, ni su estilo de conducción. Uno de los chóferes se recoge el pelo, porque es un melenudo, y escupe todo el tiempo unos piropos monstruosos, y los peregrinos que se suben en el coche, viejos o jóvenes, ejecutivos o mendigos, solteros, viudos, estudiosos, seductores, golfos, es decir, todo ser viviente que se encuentre en mi interior tiene «por huevos» (este soez término es el último éxito de mi querido Seis, por eso lo empleo) que oírlos, reírlos y responderlos. Otro de mis chóferes viene siempre muy convenientemente vestido, como los gentlemen, solo que te sorprende de pronto con un peleón tic de conductor compulsivo que impide, dentro de lo posible, que los otros coches circulen en su entorno; es un pendenciero y no tiene remedio, pero en ingenio es invencible, y con él te ríes mucho. Conozco otro que no conduce sin su periódico ni sin betún en los botines; y otro que simplemente no sonríe. En fin, con todo esto solo pretendo poner ejemplos de lo que se cuece en mi concurrido interior.

Pero si este entorno es de por sí entretenido, cómo describiros el inmenso bullicio que supone el gentío que vive en mi ferviente metrópoli y se sube en el ómnibus. No existen expresiones posibles que reflejen en este cuento lo que siento. Poneos en mi piel: suponed que sois un trolebús y que, de minuto en minuto, os recorren seres infinitos, tristes, felices, buenos, crueles, con todos los sentimientos posibles en un solo segundo. Es todo menos íntimo, porque no los conoces, pero es un experimento irrepetible; de repente, veis que los podéis comprender y que es posible medio creer en ellos y todo. ¿Seguís insistiendo en que mi recorrido es monótono? Pues no lo es. Y no solo por ese superconocido principio de que todo fluye y todo eso, sino porque tengo un estremecimiento como de que, con excepción de los perversos, que son como excrementos, pero son los menos, de repente los quiero mogollón. Y por eso en lo sucesivo deseo, si mi viejo motor me lo permite, seguir viviendo de este modo.

13 comentarios:

La Solateras dijo...

¿Cuándo vas a quitar eso de que deseas aprender a escribir?

Hace tiempo que se cumplió tu deseo, para deleite de tus lectores.

Trolebús de besos.

Julieta D. dijo...

Ómnibus grácibus, Solatéribus.

piridoxina dijo...

ay! por mas que lo releo no logro ver cómo crear polémica... (buen giro desde la filosolofia más profunda al tralari-trolerá) Es entonces, en resumidas cuentas, el devenir del deber-ir a todas partes, ¿no?

Julieta D. dijo...

Es solo un ejercicio sin la a, leñe.

Unknown dijo...

He disfrutado la lectura.
"Es de todo menos íntimo, porque no los conoces, pero es un experimento irrepetible;"
Me ha gustado mucho esta frase.

Adivina adivinanza...... dijo...

¿ Cuando le ponemos música?
En cuanto lo edites, yo quiero uno.

elefancia dijo...

Identifiqueishon y expliqueishon, por favor

yo dijo...

Pues nada que me ha gustado mucho tu relato y que espero muchos más.

La experta dijo...

Borrame los repes, que parezco tonta. O no se envian o los mando dobles.

elefancia dijo...

Borrados. Y muchas gracias por el comment, estimada anónima.

El japón de los libros dijo...

Sin a o con ella: estupendo!

elefancia dijo...

Gracias, Tenshi-san.

gogo1 dijo...




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